Hombrecitos

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Al fin, tras crujidos, martillazos y órdenes —que se oían claramente— del director escénico, sonó blanda música y se descorrió el telón, dejando ver a Bess, sentada en un taburete, junto a un fogón hecho con papel de estraza. Nadie en el mundo pudo soñar con una Cenicienta más encantadora ni mejor caracterizada. La falda gris estaba desgarrada: rotos los zapatitos, y la carita lindísima tenía tal expresión de tristeza que arrancó risas, lágrimas y aplausos en el público. Cenicienta permaneció callada y tranquila, hasta que una voz le dijo: «¡Ahora!». Entonces la niña exhaló un suspiro y exclamó:

—¡Ay! ¡Yo «tería» ir al baile…!

Y lo dijo con tanta naturalidad, que su padre la aplaudió frenéticamente, y su madre la llamó «¡Preciosísima!». La artista, abandonando su papel, advirtió:

—No se puede hablar.

Reinó profundo silencio. Sonaron tres golpecitos en la pared; alarmóse Cenicienta, y antes de que pudiera decir: «¿Qué es eso?», la parte posterior del fogón se entreabrió como una puerta, y, trabajosamente, salió Nan, hecha un hada, con puntiaguda caperuza, capa de grana y varita mágica, que agitó, murmurando resueltamente, con voz hueca.

—Irás al baile, querida.


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