Hombrecitos
Hombrecitos El segundo cuadro fue el del baile en Palacio. Daisy y Nan parecían, por lo vistosas, dos pavos reales. Nan hizo de hermana orgullosa y se contoneó en el salón haciendo morir de envidia a muchísimas damas imaginarias. El Príncipe, solitario, con imponente diadema, y sentado en algo así como un trono que se movía mucho, jugaba con su espada y se miraba las puntas de los zapatos. Cuando vio entrar a Cenicienta, dio un brinco y gritó:
—¡Muchas gracias!
Acto seguido la invitó a bailar, y dejó que las dos hermanas gruñesen y murmurasen en un rincón.
El baile resultó admirable. La parejita parecía arrancada de una miniatura de abanico pintado por Watteau. Cenicienta se enredó varias veces con la cola y el Príncipe (Rob) estuvo a punto de caer, por la espada, más de una vez.
Sin graves contratiempos concluyó la danza, y la pareja se quedó sin saber qué hacer.
—¡Deja caer un zapato! —murmuró tía Jo a Cenicienta.
—¡Es verdad! ¡Se me olvidaba! —contestó la damita, y, quitándose un zapato, lo colocó cuidadosamente en mitad de la escena, y dijo al Príncipe: