Hombrecitos
Hombrecitos Nathaniel suspiró, reflexionando que él no tenÃa padre, ni dinero, ni nada más que un viejo bolsillo vacÃo, y la habilidad de tocar el violÃn.
Tommy comprendió el alcance de aquel suspiro y, tras breve y profunda cavilación, exclamó:
—Oye, te diré lo que he resuelto. Me fastidia soberanamente andar buscando los huevos que ponen mis gallinas; si quieres encargarte de esta tarea, te daré un huevo por cada docena que me recojas; tú llevas la cuenta, y cuando tengas doce, se los vendes por veinticinco centavos a mamá Bhaer, y ya con ese dinero puedes hacer lo que se te antoje.
—¡Trato hecho! ¡Eres un compañero buenÃsimo!
—¡Bah! ¡Bah! No hablemos más del asunto; comienza ahora a rebuscar en el granero; te aguardaré aquÃ; mi «Cenicienta» está cacareando, y de seguro que encontrarás algún huevo —dijo Tommy y se tumbó sobre la paja, satisfechÃsimo por haber cerrado un buen trato y realizar una acción meritoria.
Nat comenzó alegremente la pesquisa y, revolviendo, fue de desván en desván hasta dar con dos magnÃficos huevos, uno oculto bajo una viga y otro depositado en una medida de grano, en la cual solÃa refugiarse la «Pintadita».