Hombrecitos
Hombrecitos —Dame uno que necesito para completar una docena, quédate con el otro y desde mañana empezaremos la cuenta. Aquí, con tiza, puedes hacer tus notas junto a las mías y así las comprobaremos fácilmente —observó Tommy, señalando una hilera de misteriosos signos, sobre una vieja máquina desgranadora.
Con toda importancia y formalidad, el orgulloso poseedor de un huevo abrió cuenta con su amigo, el cual, riendo a carcajadas, estampó sobre los signos esta imponente frase: «Thomas y Compañía».
El pobre Nat se hallaba tan fascinado que a duras penas se persuadió de que debía ir a depositar su primer trozo de propiedad mueble en la alacena de Asia. Luego volvieron y después de haber pasado revista a los dos caballos, a las seis vacas, a tres cerdos y a un cabrito, Tommy se llevó a su amigo a visitar un sauce añoso que crecía junto al susurrante arroyuelo. Subiendo al cercado era fácil llegar a un amplio nido formado en el arranque de la copa del árbol; en la parte superior del tronco las podas anuales habían dejado nudos de gruesas ramas que, retoñando, formaban una especie de verde cúpula. Allí se habían establecido diminutos asientos, y en una oquedad, hábilmente cerrada, existía espacio para guardar un par de libros, un barquito desmantelado y varios pitos a medio labrar.