Hombrecitos

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—Había flores —respondió el cuentista—. Hasta en los cuadros más incultos y abandonados del jardín crecían pensamientos y resedas. En uno había margaritas y clavellinas; en otro —y al decir esto acarició a su sobrina—, rositas; en éste, legumbres útiles y una vid trepadora, como la plantada por Jack; verdad es que este cuadro había sido cuidado por el experto y anciano jardinero…

—Pues como iba diciendo —prosiguió el maestro—, algunas de las parcelas eran fáciles de cultivar (quiero decir cuidar, ¿te enteras, Daisy?) y otras eran de muy difícil cultivo. En especial un cuadradito bañado por el sol, que de igual modo podía producir legumbres y fruto que flores, pero no los producía, y cuando el hombre sembraba cualquier cosa, melones, por ejemplo, la sementera no daba frutos, porque la tierra no hacía caso de las semillas. Desconsolábase el hombre y seguía sembrando, pero la tierra parecía decirle siempre «se me olvidó».

Una carcajada general interrumpió el relato; todos se fijaron en Tommy que, al oír hablar de melones, había aguzado el oído primero, y, después, bajó la cabeza para escuchar su excusa favorita.

—¡Ya sé! ¡Ya sé lo que significa la historia! —exclamó Medio-Brooke, palmoteando—. Tú eres el hombre y nosotros somos los jardincitos. ¿Verdad, tío…?


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