Hombrecitos

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—Sembraremos abnegación y la cavaremos, regaremos y haremos que crezca tanto que en las próximas Navidades nadie enferme por comer mucho. Si ejercitas tu imaginación, querido George, verás que el entendimiento llega a sentir tanta hambre como el estómago y te agradarán los libros tanto como oír mis cuentos —advirtió el profesor, y, luego, acariciando a Medio-Brooke, le dijo—: Tú también, hijo mío, eres glotón y te gusta atiborrar el cerebro con cuentos de hadas y fantasías, del mismo modo que George se atiborra el estómago con pasteles y golosinas. Ambos hartazgos son malos y quiero evitarlo. La aritmética no es tan agradable como Las mil y una noches, yo lo sé, pero es mucho más útil, y ahora es la ocasión de que aprendas, para que luego no te avergüences de tu ignorancia.

—Pero Enrique y Lucía y Robinson no son libros fantásticos; hablan de construcciones, trabajos y labores útiles, y me agradan mucho, ¿verdad, Daisy?

—Sí; pero lees más El pájaro azul que Enrique y Lucía y prefieres Simbad el marino a Robinson. Vaya, hago un trato con ustedes dos: George no comerá más que tres veces al día y tú no leerás más que un libro de cuentos por semana; en cambio, les daré el nuevo campo para jugar al criquet; pero deberán jugar —insistió el maestro, porque sabía que Zampabollos se resistiría a correr, y que Medio-Brooke consagraba las horas de recreo a la lectura.


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