Hombrecitos

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—¡Es que a nosotros no nos gusta el criquet! —murmuró Medio-Brooke.

—Acaso no les guste ahora, pero sí cuando lo conozcan. Además, les agradará ser generosos y si los demás niños quieren jugar, podrán permitirles hacerlo.

Con gran satisfacción y regocijo de todos, cerróse el trato.

Charlóse un poco más acerca de los jardines, y después cantaron a coro. La orquesta encantó a Nat; mamá Bhaer tocó el piano; Franz, la flauta; el maestro, el contrabajo, y el nuevo alumno, el violín.

El concierto resultó delicioso y todos parecían gozar; hasta la anciana Asia unió su voz al coro general, porque en aquella familia, amos y criados, viejos y jóvenes, elevaban juntos al cielo las plegarias y los himnos dominicales. Luego, los niños fueron, uno a uno, estrechando la mano de papá Bhaer; mamá Bhaer los besó a todos, desde Franz, que tenía diecisiete años, hasta Rob, que se reservaba besar a la mamá en la punta de la nariz. Luego se marcharon en tropel a la cama.


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