Hombrecitos
Hombrecitos La menguada luz de una lámpara iluminaba un cuadro colgado al pie del lecho de Nat. Pendientes de los muros habÃa otros, pero el niño se fijó en éste por ver que tenÃa una lindÃsima moldura de musgo y pino, y al pie, sobre una repisa, un vaso lleno de flores silvestres. Indudablemente era aquél el más bello de todos los cuadros de la casa; Nat quedóse contemplándolo con arrobamiento, presintiendo lo que representaba y ansiando que se lo explicasen.
—¡Ese es mi cuadro! —clamó una vocecita. Nat volvióse y vio a Medio-Brooke que, en paños menores, salÃa del cuarto de tÃa Jo, adonde habÃa ido por un trapito para vendarse una cortadura que se hizo en el dedo.
—¿Quién es ese hombre y que hace con los niños…? —preguntó Nat.
—Es Cristo, el hombre bueno, que da su bendición a los pequeños. ¿Tú no sabes nada de Cristo? —inquirió asombrado Medio-Brooke.
—No mucho, pero me gustarÃa saber; Cristo parece ser muy bueno —contestó Nat.
—Yo sé mucho de Cristo Nuestro Señor, y me gusta muchÃsimo, porque es verdad cuanto sé.
—¿Quién te lo enseñó?
—Mi abuelita, que «sabe de todo» y cuenta los mejores cuentos del mundo. Cuando era pequeño agarraba sus librotes para hacer casas, puentes y cuarteles.