Hombrecitos
Hombrecitos —Si le gusta, dejémoslo ser mecánico —observaba papá Bhaer—. Dadle a un niño un comercio cualquiera y habréis asegurado su independencia. El trabajo es sano y toda actitud o talento infantil es base de lÃcita explotación.
Asà pensando, Nat llegó un dÃa muy excitado, a preguntar:
—¿Puedo tocar el violÃn ante varias personas que meriendan en el bosquecillo…? Me pagarán y me agradarÃa ganar algún dinero; para ello sólo dispongo de mis conocimientos musicales.
El señor Bhaer le contestó:
—Ve hijo mÃo, y que sea enhorabuena. Tu trabajo es fácil y grato, y celebro mucho que se te presente esta ocasión.
Nat fue y lo hizo tan bien que cuando volvió a la casa llevaba dos dólares en el bolsillo, que enseñó satisfecho, mientras contaba lo mucho que habÃa gozado de aquella tarde, lo afectuosa que era la gente joven y los elogios que habÃan hecho de su música, a más de ofrecerle volver otro dÃa.
—Esto es mejor que ir tocando por las calles, porque entonces yo no tenÃa nunca dinero, y ahora lo tengo todo y paso un buen rato. Además, ya estoy ocupado como Tommy y como Jack —exclamó Nat, creyéndose ya millonario.