Hombrecitos

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Realmente estuvo ocupadísimo, pues durante el verano las meriendas fueron muy numerosas y todos, para bailar, buscaban al violinista. Este tenía permiso para ir, siempre y cuando las meriendas fuesen de personas respetables, y a condición de que no por ello desatendiera sus lecciones. El señor Bhaer le explicó que no debía ir donde hay personas mal educadas, y que por ningún dinero ha de irse allí donde hay malos ejemplos. Nat lo entendió, y daba gusto ver al inocente chico subir a los coches de campo que iban a buscarlo y oírle volver tocando alegremente el violín, cansado pero satisfecho, con su bien ganado dinero, y con algunos regalos de la fiesta para Daisy o para el pequeño Teddy, de los cuales nunca se olvidaba.

—Voy a ahorrar hasta que reúna para comprar un violín que sea mío y así podré ganarme la vida, ¿verdad? —solía decir el niño, cuando daba a guardar a mamá Bhaer el fruto de su trabajo.

—Muy bien, hijito, pero prefiero verte fuerte y sano a que progreses en música. El señor Laurence te buscará colocación y con el tiempo te oiremos tocar en los grandes conciertos.



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