Hombrecitos
Hombrecitos Con trabajo acomodado a sus aficiones, con ánimo y con esperanzas, Nat encontró la vida más fácil y placentera, hizo tales adelantos en las lecciones de música, que el maestro le perdonó la lentitud del estudio de otras materias, convencido de que donde hay corazón trabaja mejor la inteligencia. Para castigo del muchacho, cuando descuidaba otros estudios, bastaba con guardarle el violín durante veinticuatro horas. El miedo de perder a su entrañable amigo le empujaba hacia los libros con voluntad decidida; y habiendo demostrado que podía dominar las lecciones… ¿de qué le servía decir «no puedo»…?
Daisy adoraba la música y respetaba a los músicos y era frecuente encontrarla sentada junto a la puerta tras de la cual Nat estudiaba la lección de violín. Esto complacía al pequeño artista y se esmeraba en la ejecución para aquella minúscula y silenciosa oyente, que nunca entraba a interrumpirlo y que se sentaba a remendar o zurcir los vestidos de sus muñecas.
La tía Jo, al verla, la besaba y se alejaba, diciéndole:
—Muy bien, hijita, así me gusta; no te muevas.