Hombrecitos

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Nat adoraba a mamá Bhaer, pero sentía mayor atracción hacia el maestro, que lo cuidaba paternalmente y que, en verdad, había salvado la barca débil de aquella vida del proceloso mar en que estuviera a punto de naufragar durante diez años. Algún ángel bueno veló por el muchachito, pues si su cuerpo había sufrido, su alma conservaba casi incólume la santa inocencia de un recién nacido. Tal vez la afición a la música lo mantuvo dócil y afectuoso en medio de la vida horrible que le hicieron vivir. Papá Bhaer gozaba fomentando las virtudes de Nat y corrigiéndole defectillos; el chico era sumiso y prudente como una muchachita bien educada. Por eso, a solas con la tía Jo, solía hablar de Nat diciendo «nuestro hijo»; la señora se reía y aun cuando gustaba de que los muchachos fuesen varoniles, y juzgaba a Nat tan cariñoso como débil, no por eso dejaba de mirarlo tanto como al que más.

Pero un defecto del chico disgustaba a los dueños de la casa Plumfield; aunque entendían que tal defecto era hijo del miedo y de la ignorancia. Nat mentía con alguna frecuencia. No eran sus mentirillas muy negras; eran grises o blancas, pero, al fin, mentiras.

—Conviene que tengas cuidado y contengas tu lengua, tus ojos y tus manos, porque es muy fácil decir, mirar y hacer falsedades —le dijo papá Bhaer a Nat.


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