Hombrecitos

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—Ya lo sé y procuro hacerlo, pero cuando se miente una vez cuesta trabajo no seguir mintiendo. Antes yo mentía por miedo a que me pegasen mi padre y Nicolás; ahora suelo decir tal o cual embuste para evitar que los niños se rían de mí. Ya sé que esto es malo, pero se me olvida.

—Siendo yo pequeño, tuve la fea costumbre de mentir. ¡Había que ver los embustes tan gordos que inventaba…! Mi abuela me curó… ¿Cómo dirás que me curó…? Mis padres me regañaban y me castigaban inútilmente, pero en seguida me olvidaba de sus advertencias como tú te olvidas de las mías. Entonces me dijo mi querida abuelita: —«Voy a ayudarte a que lo recuerdes y a que trates de corregir ese hábito incorregible». Y, así diciendo, me hizo sacar la lengua y me obligó a quedarme en esa incómoda posición durante más de diez minutos. Esto, como ya supondrás, fue terrible, pero beneficiosísimo, porque tuve dolorida la lengua durante muchas horas y forzosamente hablaba con lentitud tal que me permitía pensar las palabras antes de pronunciarlas. Después seguí cuidadoso en el hablar, por miedo a tener que andar con la lengua afuera. La abuelita se mostró siempre cariñosísima conmigo, y cuando murió, me pidió que amase siempre a Dios y dijese siempre la verdad.



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