Hombrecitos
Hombrecitos —Yo no tengo abuelita, pero si cree que con ello me corregiré, se equivoca; prefiero andar con la lengua afuera —dijo heroicamente Nat, que, aun cuando temÃa el dolor, deseaba dejar de ser embustero.
—Tengo un procedimiento mejor que ése, ya lo ensayé una vez con buen resultado. Verás, cuando mientas, en vez de castigarte yo, me castigarás tú a mÃ.
—¿Cómo? —exclamó Nat admiradÃsimo.
—Tú me darás palmetazos, procedimiento que nunca uso; pero te servirá para recordar mejor, ocasionándome un dolor que tú mismo sentirás.
—¿Darle yo palmetazos…? ¡No es posible!
—Pues entonces hazte cuenta que te han obligado a estar con la lengua afuera. No deseo que me hagan daño, pero sufriré gustoso el dolor con tal de quitarte ese defecto.
Esta advertencia impresionó a Nat, y durante mucho tiempo habló poco y pensó bien las palabras. Papá Bhaer habÃa juzgado cuerdamente que el amor al maestro influirÃa más en el ánimo del chico que el miedo al castigo.
Mas, ¡ay!, un dÃa olvidóse Nat de su promesa, y cuando Emil le amenazó con darle de cachetes si él habÃa sido el que corriendo por el jardÃn estropeó el sembrado de cereales, Nat negó ser el autor del daño, y después sintió vergüenza de confesar que él habÃa pisoteado el campo de Emil.