Hombrecitos
Hombrecitos Pensó Nat que nadie descubriría la mentira, pero cuando, dos o tres días después, Emil habló del asunto, Tommy dijo que lo había visto. Papá Bhaer oyó la conversación. La hora de clase había terminado; se hallaban reunidos en el salón y el maestro acababa de sentarse en el sofá para jugar con Teddy, pero cuando escuchó a Tommy y vio ruborizarse a Nat y mirarle con espanto, soltó al bebé y le dijo:
—Ve con mamá; vuelvo en seguida.
Inmediatamente tomó a Nat de la mano, lo entró en la escuela y cerró la puerta.
Los pequeños se miraron en silencio; luego, Tommy fue a espiar y atisbando por las persianas medio cerradas presenció un espectáculo que lo desconcertó por completo. Papá Bhaer tomó la palmeta que tenía colgada junto a la mesa, palmeta tan olvidada que estaba llena de polvo.
—¡Anda! Le va a dar palmetazos a Nat… ¡Cuánto siento haber hablado…! —murmuró Tommy, considerando que los palmetazos eran la mayor desgracia y el mayor castigo.
—¿Recuerdas lo que te dije la última vez? —preguntó papá Bhaer, con tristeza pero sin cólera.
—Sí, señor; y le ruego que no cumpla —balbuceó Nat retrocediendo pálido, angustiado y tembloroso.