Hombrecitos
Hombrecitos —¿Por qué no se acercará y aguantará los palmetazos como un hombre…? Yo me resignarÃa —murmuró Tommy.
—Cumpliré mi palabra y asà no te olvidarás de que siempre debes decir la verdad. Obedéceme, Nat; toma la palmeta y dame seis palmetazos fuertes.
Tommy quedó tan estupefacto al escuchar las palabras del maestro, que estuvo a punto de caerse del banco en que estaba encaramado; al fin pudo guardar el equilibrio agarrándose al marco de la ventana, y contempló la escena con ojos más abiertos que los del mochuelo disecado que estaba sobre la chimenea.
Nat, no osando desobedecer la orden, empuñó la palmeta, y tan aterrado como si le obligasen a cometer un asesinato, dio dos débiles golpes en la ancha mano que le tendÃa papá Bhaer. En seguida se detuvo con los ojos llenos de lágrimas, pero el profesor le ordenó imperativamente:
—Sigue, y pega más fuerte.
Comprendiendo que no quedaba más recurso que el de obedecer, ansioso de acabar cuanto antes aquella cruel tarea, se cubrió la cara con el brazo izquierdo y descargó dos golpes muy duros, que, aun cuando enrojecieron la mano del que los recibió, hicieron mucho más daño al que los daba.
—¿No es bastante? —preguntó el muchacho, angustiado.