Hombrecitos

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—Dos más —fue la única respuesta.

Nat los aplicó sin ver ya dónde daba, arrojó la palmeta a un extremo de la sala, y tomando ansioso la cariñosa mano del maestro puso en ella el rostro en explosión acongojada de cariño, vergüenza y arrepentimiento.

—¡Me acordaré! ¡No lo olvidaré jamás! —sollozó.

Papá Bhaer lo abrazó y le dijo con tanta compasión como energía había desplegado hasta entonces:

—Deseo y espero que no lo olvidarás; pide a Dios que te ayude y procura ahorrarnos otra escena como ésta.

Tommy no miró más; saltó del banco y entró en el salón, tan grave y tan excitado que los condiscípulos lo rodearon preguntándole qué había ocurrido.

En voz baja, y con acento entrecortado, Tommy narró lo ocurrido; los muchachos creyeron ver el cielo desplomarse al oír aquella inversión del orden natural de las cosas.

Ruboroso, y como si se acusase de horrendo crimen, balbuceó Emil:

—También yo…, una vez… tuve que hacer eso mismo…


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