Hombrecitos
Hombrecitos Todos emprendieron el camino del granero, que era el refugio obligado en los momentos de apuro.
Nat no bajó a comer. La tía Jo le llevó algún alimento y le dirigió palabras de consuelo, que el muchacho agradeció; pero sin atreverse a levantar la vista. Al cabo de un rato, los niños que andaban jugando en el patio, oyeron sonar el violín y dijeron:
—Ya se le va pasando.
En efecto, se le iba pasando, pero no se atrevía a bajar; al fin, abrió la puerta y se deslizó para irse al campo. En la escalera halló a Daisy, que no cosía ni jugaba con las muñecas; la pequeña estaba sentada en un escalón, con un pañuelo en la mano, como si hubiera llorado por su amigo.
—Voy de paseo, ¿me acompañas? —exclamó Nat, procurando disimular, pero agradeciendo en el alma la discreta simpatía de la niña, y más porque imaginaba que todos en la casa lo iban a mirar como a un malvado.
—Sí, sí —contestó Daisy, corriendo a buscar el sombrero, orgullosa de ser elegida como compañera por uno de los niños mayores.
Los demás les vieron salir, pero no los siguieron; los chiquitines tenían más delicadeza de la que podía suponérseles, y los mayores comprendían que para un afligido el mejor consuelo y la mejor compañera era Daisy.