Hombrecitos
Hombrecitos —No, querida tÃa; como somos gemelos, nos queremos muchÃsimo —afirmó Daisy, con cierto orgullo.
—Bueno, ¿en qué vas a entretenerte mientras acabo de colocar esta ropa blanca en el armario…?
—No sé; estoy harta de muñecas; desearÃa un juguete nuevo.
—Ahora veo que no te has asomado por la cocina a ver lo que Asia prepara para el almuerzo.
—Me asomaré y lo veré, si es que Asia no está de mal humor —murmuró Daisy alejándose lentamente en dirección a los fogones, donde la negra cocinera era reina absoluta.
Cinco minutos después regresó Daisy contentÃsima, empuñando un trozo de masa y con una mancha de harina en la nariz.
—TÃa, vamos a amasar y a hacer bollos y empanadas. Asia está satisfecha y lo permite, ¿vamos allá…?
—SÃ, hijita; ve enhorabuena, y quédate allà cuanto gustes.
Daisy marchóse precipitadamente y su tÃa se quedó pensando y tratando de idear algún juguete nuevo. De repente sonrió, cerró el armario y dijo:
—Lo haré, suponiendo que sea posible.