Hombrecitos

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Nadie, durante aquel día, se enteró del proyecto de mamá Bhaer; cuando le anunció a Daisy que iba a comprarle un juguete nuevo, la niña se excitó, y mientras iban camino de la ciudad la acosó a preguntas, sin conseguir respuesta que le permitiera adivinar la clase de objeto de que iba a ser dueña. Quedóse Daisy acompañando a la abuela y jugando con Josy mientras la tía Jo iba de compras. Cuando volvió cargada de paquetes, que fueron acomodados en el ómnibus, la niña se hallaba tan dominada por la curiosidad, que manifestó deseos de regresar inmediatamente a Plumfield. Pero la tía Jo no tenía prisa, y se entretuvo charlando con la abuela, refiriéndole dichos y hechos de los niños, y acariciando a Josy.

Indudablemente, sin que Daisy se diera cuenta, la tía Jo contó a la abuela el secreto, porque cuando la buena señora le puso el sombrerito y le dio el beso de despedida, le dijo:

—Que seas buena, Daisy, y que saques provecho manejando el encantador juguete que acaban de comprarte. Ya puedes agradecer a tu tía que te ayude a manejarlo, pues sé que ese manejo no es muy de su gusto.

Las dos señoras soltaron la carcajada, y se divirtieron viendo la curiosidad de la niña.

Cuando volvían a Plumfield crujió algo en la trasera del carruaje.


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