Hombrecitos
Hombrecitos Muy distraída pasó la tarde; se acostó temprano y a la mañana siguiente aprendió y dio las lecciones tan bien, que papá Bhaer lamentó que no hubiera modo de disponer de un juguete nuevo para cada día. Todos los alumnos se estremecieron cuando vieron que se permitía a Daisy salir de clase a las diez, porque ya todos sabían que iba a tomar posesión del fantástico y desconocido juguete. Los chicos la siguieron con la mirada, y casi todos estaban tan distraídos como Medio-Brooke, que, cuando Franz le preguntó dónde se hallaba el desierto de Sahara, contestó tristemente:
—En el cuarto inmediato al de tía Jo.
Huelga decir que la clase entera soltó la carcajada.
Entrando en la habitación de su tía, Daisy gritó:
—¡Ya he dado las lecciones! ¡Ya no puedo esperar más!
—Ven; todo está dispuesto —contestó mamá Bhaer, tomando en brazos a Teddy, recogiendo la cesta de la costura y pasando a la estancia vecina.
—No veo nada —dijo Daisy, mirando afanosamente.
—¿Oyes algo…? —preguntó la tía Jo, conteniendo a Teddy, que salió corriendo hacia uno de los lados del cuarto.