Hombrecitos

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Ancha tabla corría por los tres lados del hueco de la ventana; en una parte veíanse, colgadas o descansando, ollitas de distintos tamaños, cacerolas, sartenes, parrillas y marmitas; en otro lado, lucía una vajilla en miniatura, y un lindo servicio de té; en el centro se hallaba instalado un hornillo de cocina. No había utensilio superfluo o inútil; el hornillo de hierro era lo bastante grande para guisar alimentos que aplacaran el hambre de la más numerosa y famélica familia de muñecas que pudiera existir. Lo más importante era que en el hornillo ardía fuego de verdad; la minúscula tetera dejaba escapar vapor de agua efectivo; la tapa de la ollita bailaba alegremente empujada por el agua que hervía a borbotones. Un agujerito en el cristal de la ventana daba salida al tubo de la chimenea, que lanzaba una columna de humo auténtico. Al lado se hallaba la carbonera; sobre ella había deshollinador, cepillo y escoba, en una tabla baja aguardaba la cestita para la compra, y en el respaldo de la silla de Daisy un gorrito y un delantal. Brillaba el sol como gozando con aquel entretenimiento; chisporroteaba el hornillo, hervía la olla, los utensilios de bruñido estaño relumbraban en las paredes; la loza y la porcelana espejeaban, y la cocinita, en conjunto y en detalle, resultaba completísima y superior a las ambiciones infantiles.



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