Hombrecitos

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—Es menester que te apliques mucho y que aprendas bien; tu tío me ha dicho que se propone venir con frecuencia a tomar el té y espera que le sirvan cosas delicadas y extraordinarias.

—¡No hay en el mundo cocina más mona ni más graciosa que ésta…! No encuentro nada mejor que estudiar en ella. ¿Podré aprender a preparar pasteles y bollos, y de todo?

—Por supuesto. Te nombro mi cocinera particular, y te enseñaré a confeccionar todos los platos que te encargue; así te encontrarás siempre con algún extraordinario para comer, y poco a poco irás aprendiendo a guisar. Yo te llamaré Sally, cuando estés en función de cocinera particular.

—¡Me parece muy bien! Empiezo a ser Sally. ¿Qué hago…?

—Lo primero ponerte esta cofia y el delantal blanco; quiero que mi cocinera particular esté muy limpia.

Sally, sin replicar, se puso la cofia y el delantal, aun cuando no le gustaba esa clase de prendas.

—Ahora coloca en orden la vajilla y lávala, porque mi última cocinera cuidaba poco del aseo.

—Bueno —habló mamá Bhaer, dándole un papel con notas—; toma la cesta y vete a hacer la compra en el mercado; aquí tienes la lista de lo que hace falta.

—¿Dónde está el mercado…?

—Asia es el mercado.


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