Hombrecitos

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—No necesito nada de esto; mis guisos saldrán admirablemente y almorzaré como nunca he almorzado…, ¡pues no faltaba más! —refunfuñó Daisy, indignadísima.

—No nos vendrán mal estas provisiones, si se presentan invitados; conviene contar con reservas en la despensa.

—«Teno hambe» —anunció Teddy, entendiendo que, tras tanto cocinar, ya era hora de comer algo.

Su madre le dio, para entretenerlo, la cesta de la costura, y continuó enseñando a su cocinera particular.

—Aparta las verduras, pon la mesa, y aviva la lumbre para asar la carne.

Había que ver a Daisy-Sally cuidar del pucherito donde se cocían las papas, dar vuelta a las verduras, mirar cómo iban los pasteles dorándose en el horno, avivar la lumbre, colocar dos costillitas en unas parrillas de mango largo, y volverlas con ayuda de un tenedor.

Tan absorta se hallaba cocinando, que olvidó los pasteles hasta abrir el horno para colocar el puré de papas.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Se han quemado mis pasteles! ¡Se han quemado mis pasteles! —gritó Daisy, retorciéndose con desesperación las no muy limpias manos, al ver dos objetos negros en lugar de los dorados con que pensó regalarse.


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