Hombrecitos
Hombrecitos —No llores, hija mía; yo he tenido la culpa, pues era deber mío ordenarte que sacaras los pasteles del horno; pero no te aflijas; ya haremos otros, después que comamos.
Chirriaron las costillas en la parrilla, y este incidente bastó para distraer y consolar a la atribulada aprendiza del arte de Brillat-Savarin.
—Pon las costillas en un plato, y déjalas al calor, mientras aderezas las verduras con manteca, sal y pimienta.
La vista del «pícaro» tarro de pimienta acabó de calmar la pena de Sally. Momentos después, la comida se hallaba servida en la mesa; las seis muñecas fueron colocadas tres a cada lado; Teddy ocupó una de las cabeceras, y Daisy se instaló en la otra. El espectáculo era graciosísimo. Una muñeca estaba vestida con un lujoso traje de baile, y otra se hallaba en camisa; Terry, el muñeco de madera, ostentaba un traje rojo, de punto inglés, y Annabella, la muñeca desnarigada lucía impúdicamente su desnudez. Teddy, actuando de cabeza de familia, devoró todo lo que le ofrecieron, sin encontrar defectos a nada. Daisy servía los platos y cuidaba de todo, como una señora que sabe atender a sus invitados.
—En mi vida he hecho un almuerzo tan rico como el de hoy. ¿No podría hacerlo todos los días? —preguntó Daisy, comiéndose las migajas esparcidas en el mantel.