Hombrecitos
Hombrecitos Jamás existió princesa que desplegase en fastuosa corte el orgullo que desplegó Daisy al mostrar sus tesoros y al anunciar a los chicos los regalos con que se proponía obsequiarlos. Hubo quien se burló al oír que allí se podía guisar algo comestible; Zampabollos se mostró convencidísimo, sin esperar pruebas; Nat y Medio-Brooke confiaron en los talentos y habilidades de Daisy, y los demás decidieron aguardar antes de dar su opinión definitiva. Unánimemente admiraron la cocina y se maravillaron ante el horno. Medio-Brooke quiso, en el acto, comprar una cacerola para utilizarla como caldera de una máquina de vapor que estaba construyendo; Nat se ofreció a quedarse en alquiler, por precio módico, con un cucharón para fundir el plomo con el cual fabricaba balas y otros juguetes.
Daisy se alarmó seriamente al ver a los niños entusiasmados con la batería de cocina, y mamá Bhaer tuvo que ordenar que nadie tocase ningún objeto, prohibiendo tocar el horno, sin permiso expreso de su dueña. Los caballeretes se cohibieron al saber que la menor infracción de esta ley sería castigada con la pérdida del derecho a participar de los guisos y platos que confeccionase la cocinerita.