Hombrecitos
Hombrecitos —Pídele a Asia una copa de crema agria para los pasteles —fue la primera orden que Medio-Brooke obedeció; salió y volvió trayendo la crema y haciendo gestos de asombro porque al probarla en el camino la encontró tan desagradable, que anunció que los pasteles resultarían malísimos.
—Bueno, niña, llena ese plato de harina y añádele sal.
—¡Ay! ¡Todo necesita sal! —murmuró la pequeña, cansada de abrir tantas veces el salero.
—La sal, como el buen humor, sienta bien a todo —advirtió papá Bhaer, colocando clavos para colgar los utensilios.
—Mira, tío, aun cuando no te hemos invitado al té, pienso obsequiarte con pasteles ~exclamó Daisy.
—Mira, Fritz, no vale que interrumpas mi clase de cocina pues me vas a poner en el caso de que intervenga yo en tus clases de latín, ¿te agradaría? —preguntó la tía Jo, echando sobre la cabeza de su marido un cortinón de yute.
—¡Muchísimo! Haz la prueba —respondió papá Bhaer, y se alejó cantando y dando golpecitos, como si fuera un pájaro carpintero.
—Pon un poquito de sosa en la crema, y cuando se hinche añade la harina, mézclalo bien, adicionando la manteca y fríelo en la sartén, sin quitarlo hasta que yo vuelva —ordenó mamá Bhaer al salir.