Las Mujercitas se casan
Las Mujercitas se casan –Pero la vida que yo anhelaba entonces me parece ahora egoÃsta, frÃa y solitaria. TodavÃa no he renunciado a la esperanza de que algún dÃa escriba un buen libro, pero estoy dispuesta a esperar y segura de que voy a salir ganando con experiencias y ejemplos como éstos –dijo Jo.
–Mi castillo ha sido el más cumplido de todos, pues yo pedÃa muchas cosas espléndidas, pero en el fondo del corazón sabÃa que estarÃa satisfecha con un hogar pequeño y con tener a Juan y a algunos pequeñitos como éstos. Todo lo tengo, gracias a Dios, y soy la mujer más feliz del mundo –dijo Meg con la mano sobre la cabeza de su alto muchachito con expresión de pleno y ferviente contento.
–Mi castillo es muy diferente del que habÃa proyectado, pero no lo cambiarÃa por nada, aunque, igual que Jo, no abandono mis esperanzas artÃsticas ni me conformo con ayudar a otros a cumplir sus sueños. He comenzado a modelar una cabeza de la nena, y dice Laurie que es lo mejor que he hecho. Yo también lo creo y pienso vaciarla en mármol, de modo que, pase lo que pasare, pueda al menos conservar la imagen de mi ángel.