Las Mujercitas se casan

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Mientras Amy hablaba, una lágrima cayó sobre el pelo dorado de la niña que dormía en sus brazos, pues su única y adorada hijita era una criaturita frágil y el temor de perderla era la sombra que oscurecía el sol de la vida de Amy. Esta cruz estaba haciendo mucho por ambos. Amy se hacía más dulce, más profunda y más tierna; Laurie, por su parte, se volvía más serio, fuerte y firme.

–Está mejor, estoy segura, querida, no te desalientes, sino que espera y manténte feliz –le dijo la señora de March, mirando la tierna carita rosada de Daisy junto a la pálida de su prima.

–Sé que no debo desalentarme cuando te tengo a ti para animarme, mamita, y a Laurie para tomar la mitad de la carga que nos toca llevar –respondió Amy con calor–. Nunca me deja ver su inquietud, y ¡es tan dulce conmigo y tan amoroso con Bess!, que todo lo que lo ame es poco.

–No es preciso que lo digas: ¡Ved la felicidad que nos rodea!

–Sí, Jo, creo que tu cosecha es muy buena –le dijo la señora de March espantando un enorme grillo negro que estaba asustando a Teddy y cambiándole la expresión.


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