Mujercitas
Mujercitas Laurie salió y su visita se entretuvo a su manera. Jo estaba mirando un retrato del dueño de la casa cuando oyó que la puerta de la habitación se abrÃa y, sin volverse, anunció:
—Ahora estoy convencida de que no debo temerle. Tiene ojos de buena persona, aunque su gesto es bastante severo y parece la clase de persona que siempre se sale con la suya. No es tan guapo como mi abuelo, pero me cae bien.
—Gracias, señorita —dijo una voz ronca a sus espaldas—. Para consternación de Jo, allà estaba el anciano señor Laurence.
La pobre Jo se ruborizó y el corazón le empezó a latir demasiado rápido mientras recordaba qué habÃa dicho. Por unos segundos, sintió un irrefrenable deseo de salir corriendo. Pero eso hubiese sido cobardÃa y sus hermanas se hubiesen mofado de ella, por lo que decidió quedarse y salir del aprieto de la mejor manera posible. Al mirar de nuevo al anciano observó que sus ojos, bajo unas cejas pobladas, brillaban y parecÃan aún más benévolos que los del retrato y tenÃan una expresión pÃcara que hizo que gran parte de su miedo se esfumara. La voz del caballero sonó más ronca que nunca cuando preguntó de pronto, tras el terrible silencio:
—Asà pues, dice que no me tiene miedo, ¿verdad?
—Asà es, señor.