Mujercitas
Mujercitas —SÃ, señor, parece algo solitario y tal vez la compañÃa de otros jóvenes le harÃa bien. En casa somos todas mujeres, pero estarÃamos encantadas de ayudar, si está en nuestra mano. Nunca olvidaremos el magnÃfico regalo de Navidad que nos hizo llegar —dijo Jo emocionada.
—Eso fue cosa de mi nieto. ¿Cómo está aquella pobre mujer?
—Está mejor, señor —contestó Jo, que a continuación, hablando muy rápido, le explicó todo cuanto sabÃa sobre los Hummel, a los que, por mediación de su madre, ahora ayudaban unos amigos más ricos que ellas.
—Asà era como hacÃa el bien su abuelo, señorita. Pasaré a visitar a su madre un dÃa de éstos. Coménteselo. El sonido de esa campanilla anuncia la hora del té; lo tomamos temprano por el muchacho. Baje conmigo y siga comportándose como una buena vecina.
—Si asà lo quiere, señor —repuso Jo.
—De no ser asÃ, no se lo pedirÃa. —Y el señor Laurence le ofreció el brazo, a la antigua usanza.
¿Qué dirÃa Meg si me viera?, pensó Jo, mientras caminaba del brazo del señor Laurence y los ojos le bailaban de alegrÃa al imaginarse contándoselo a sus hermanas.