Mujercitas
Mujercitas —¡Eh!, ¿qué demonios le pasa a este joven? —exclamó el anciano al ver que Laurie bajaba corriendo por las escaleras y se paraba perplejo al encontrar a Jo del brazo de su temible abuelo.
—No sabÃa que ya estaba en casa, señor —dijo Laurie mientras Jo le lanzaba una mirada de triunfo.
—Eso está claro por el estruendo que has armado al bajar por las escaleras. Ven a tomar el té y compórtate como un caballero. —Y tras dar un cariñoso tirón de pelo a su nieto, el anciano caballero continuó caminando, mientras, a sus espaldas, Laurie le hacÃa mofa con unos gestos tan cómicos que a Jo le costó contener la risa.
El anciano bebió cuatro tazas de té sin apenas pronunciar palabra. Se dedicó a observar a los dos jóvenes, que no tardaron en charlar con la confianza de dos viejos amigos, y no pudo por menos de reparar en el cambio que habÃa experimentado su nieto. Su rostro tenÃa color, luz y vida, sus gestos eran más vivaces y su risa reflejaba una alegrÃa sincera.
Tiene razón, el muchacho se siente solo. Veré qué pueden hacer estas jovencitas por él, pensó el señor Laurence mientras escuchaba y observaba a la pareja. Jo le habÃa caÃdo en gracia, le gustaba su carácter, extravagante y directo, y parecÃa entender a su nieto tan bien como sà ella misma fuese un muchacho.