Mujercitas
Mujercitas Superada la primera emoción, la niña esperó con impaciencia la reacción del anciano. Al ver que pasaba todo un día y parte de otro sin noticias, empezó a temer que el regalo no hubiese sido del agrado de su quisquilloso amigo. En la tarde del segundo día, salió a dar una vuelta para que Joanna, la pobre muñeca inválida, hiciese sus ejercicios diarios. Al volver a casa vio desde la calle tres, no, cuatro cabezas que aparecían y desaparecían en la ventana de la sala. En cuanto estuvo más cerca, oyó voces alegres que la llamaban y manos que se agitaban.
—Ha llegado una carta del señor Laurence. ¡Date prisa y léela!
—Oh, Beth, te ha enviado… —comenzó Amy, que gesticulaba con una energía poco habitual en ella, pero no pudo decir más porque Jo cerró la ventana.
Beth apretó el paso, nerviosa por el suspense; sus hermanas salieron a recibirla a la puerta y, en procesión triunfal, la escoltaron hasta la sala repitiendo al unísono: «¡Mira, mira!». Beth miró y palideció de alegría y de sorpresa. Tenía ante sí un piano vertical con una carta sobre su brillante tapa en la que se leía, como si se tratase de un cartel: «Señorita Elizabeth March».
—¿Es para mí? —preguntó Beth, que se apoyó en Jo porque temía desmayarse, tan grande era la emoción.