Mujercitas
Mujercitas En la planta de abajo, la tormenta amainó con la llegada de la señora March. Una vez informada de lo ocurrido, hizo comprender a Amy la gravedad del daño causado. El libro de Jo no solo tenía valor para ella, toda la familia lo veía como un proyecto literario prometedor. Contenía apenas media docena de cuentos, pero Jo había trabajado con dedicación y paciencia en ellos y había puesto el alma en cada uno, con la esperanza de que algún día llegasen a publicarse. Los había copiado con sumo cuidado y había destruido los borradores, por lo que, con el fuego, Amy había destruido años de entregada labor. A los demás podía parecerles una pérdida menor, pero para Jo era una auténtica calamidad que no creía posible reparar. Beth estaba tan apenada como si hubiera muerto uno de sus gatitos, y Meg no salió en defensa de su protegida. La señora March se mostraba seria y abatida, y Amy se dijo que nadie la volvería a querer hasta que hubiese pedido perdón a su hermana por aquella acción, que ahora le pesaba más que a nadie.
Cuando sonó la campanilla que anunciaba la hora del té, Jo apareció con una expresión tan severa y distante que Amy tuvo que hacer acopio de valor para decir con tono sumiso:
—Por favor, Jo, discúlpame. Lo lamento muchísimo.
—No te perdonaré jamás —replicó con dureza Jo, que a partir de ese momento hizo caso omiso de Amy.