Mujercitas
Mujercitas Nadie comentó nada sobre el incidente —ni siquiera la señora March— porque sabían por experiencia que, cuando Jo no estaba de humor, las palabras sobraban y lo más inteligente era esperar a que algún suceso casual, o su propia naturaleza bondadosa, suavizase su resentimiento y curase la herida. No fue una velada feliz; porque aunque cosieron como tenían por costumbre mientras la madre leía en voz alta obras de Bremer, Scott y Edgeworth, todas tenían la impresión de que faltaba algo y la paz del hogar se había visto turbada. Este sentimiento se intensificó aún más cuando llegó la hora de cantar; Beth solo pudo tocar, Jo estuvo callada como una tumba y Amy se echó a llorar, de modo que las únicas que cantaron fueron Meg y su madre. Pero, a pesar de sus esfuerzos por emular a las alegres alondras, sus aflautadas voces no concertaban y desafinaban un poco.
Cuando se acercó a dar el beso de buenas noches a Jo, la señora March le susurró al oído, con dulzura:
—Querida, no te vayas a dormir enfadada; perdonaos la una a la otra, ayudaos y, mañana, volved a empezar.