Mujercitas

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El río no estaba lejos, pero cuando Amy llegó la pareja ya estaba preparada para patinar. Jo la vio acercarse y le dio la espalda; Laurie no la vio porque estaba patinando, prudentemente, por la orilla, probando la solidez del hielo porque antes de la helada había habido unos días de calor.

—Antes de que empecemos la carrera, iré hasta la primera curva para asegurarme de que todo esté bien —le oyó Amy anunciar al tiempo que se alejaba. Parecía un joven ruso, con su gorro de piel y su chaqueta forrada.

Jo oyó que Amy jadeaba después de haber corrido para darles alcance, pateaba el suelo para que los pies le entraran en calor y se soplaba los dedos mientras intentaba ponerse los patines. Sin embargo, no se volvió y se deslizó zigzagueando por el río, embargada por la agridulce satisfacción que le producía saber que su hermana estaba en apuros. Había alimentado su rabia y ésta había seguido creciendo, como hacen todos los pensamientos y sentimientos negativos si no se eliminan de inmediato. Laurie se dio la vuelta al llegar a la curva y gritó:

—Mantente cerca de la orilla, el centro no es seguro.


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