Mujercitas

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Jo lo oyó, pero no Amy, que tenía toda su atención puesta en sus pies. Jo volvió la cabeza hacia ella y el diablillo que habitaba en su interior le susurró al oído: «No importa si lo ha oído o no, deja que cuide de sí misma».

Laurie había desaparecido tras el recodo y Jo se disponía a doblarlo cuando Amy, que iba muy por detrás de ellos, se desvió hacia el centro del río, donde la capa de hielo era más fina. Jo se detuvo un instante, con un extraño sentimiento en el corazón; luego decidió seguir, pero algo la retuvo y la obligó a volverse, justo a tiempo de ver cómo su hermana levantaba las manos y caía cuando la capa de hielo se quebró bajo sus pies. El ruido del agua y el grito le helaron el corazón y la llenaron de miedo. Quiso avisar a Laurie, pero la voz le fallaba; intentó correr hacia su hermana, pero sus pies no se movían; se quedó inmóvil un instante, aterrorizada, con la mirada fija en el gorrito azul que flotaba en las oscuras aguas. Algo pasó a toda prisa a su lado y oyó a Laurie gritar:

—¡Arranca una tabla de la valla! ¡Rápido, rápido!




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