Mujercitas
Mujercitas Sin saber cómo, se encontró luchando con la valla, como poseída, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Laurie, que mantenía la calma. El joven se tendió boca abajo sobre el hielo y Amy se sujetó a su brazo y su palo de hockey, hasta que Jo se acercó con la tabla de la valla y, entre ambos, rescataron a la niña, que estaba más asustada que herida.

—Tenemos que llevarla a casa lo antes posible. Cúbrela con nuestros abrigos mientras le quito los malditos patines —dijo Laurie, y tras tapar a Amy con su abrigo empezó a desatar los cordones, tarea que nunca le había resultado tan difícil.
Amy llegó a casa empapada, tiritando y llorando a lágrima viva; y tras tantas emociones, enseguida cayó rendida, envuelta en mantas, delante de la chimenea encendida. Jo apenas habló mientras atendían a su hermana, pero no dejó de correr de un sitio a otro, pálida y agitada, con el vestido desgarrado y las manos llenas de cortes y arañazos, fruto de su lucha con el hielo, la valla y las obstinadas hebillas de sus patines. Una vez que Amy se hubo dormido y la casa estuvo en calma, la señora March se sentó en la cama y llamó a Jo para vendarle las heridas.