Mujercitas

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—¿Estás segura de que está bien? —murmuró Jo mientras miraba con remordimientos la cabecita de cabellos dorados, que podía haberse perdido para siempre bajo aquel hielo traicionero.

—Está bien, querida, no está herida y no creo que se resfríe siquiera porque tuvisteis la feliz idea de taparla bien y traerla a casa enseguida —contestó la madre para animarla.

—Fue cosa de Laurie. Yo la dejé sola. Madre, si le pasase algo, sería por mi culpa. —Jo se dejó caer junto a la cama y, con lágrimas de arrepentimiento relató a su madre lo ocurrido, censuró la dureza de su corazón y, entre sollozos, expresó su gratitud por no tener que lamentar un mal mayor—. ¡Todo es culpa de mi mal carácter! Intento superarlo pero, cuando creo que lo he logrado, reaparece con más fuerza que nunca. ¡Oh, mamá! ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer? —se lamentaba la pobre Jo, desesperada.

—Contrólate y reza, querida. Vuelve a intentarlo sin descanso. No pienses nunca que tienes un defecto incurable —explicó la señora March, que acercó a su hombro la alborotada cabeza y besó con tal ternura sus mejillas empapadas que Jo lloró aún con más fuerza.


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