Mujercitas
Mujercitas Meg bailó, coqueteó, charló y rió como el resto de las chicas; después de la cena, al tratar de bailar una pieza de estilo alemán, estuvo muy torpe, se enredó con su larga falda y casi hizo caer a su pareja, para después brincar hasta el punto de escandalizar a Laurie, que no perdía detalle y se decía que la joven merecía una reprimenda. Sin embargo, no tuvo oportunidad de reprenderla porque Meg se mantuvo a distancia hasta la hora de despedirse.
—¡Recuerda tu promesa! —dijo ella intentando sonreír a pesar del dolor de cabeza que empezaba a sentir.
—Silence jusqu’à la mort —repuso Laurie haciendo un gesto melodramático.
Ese breve diálogo avivó la curiosidad de Annie, pero Meg estaba demasiado cansada para cotillees y se fue a la cama con la impresión de haber participado en un baile de disfraces y no haberse divertido tanto como esperaba. Al día siguiente se sintió enferma y el sábado regresó a casa, agotada tras quince días de diversión y con la sensación de que había tenido suficiente lujo por una temporada.
—¡Qué agradable resulta poder estar tranquila y no tener que estar cuidando siempre los modales! Nuestro hogar es estupendo, aunque sea sencillo —comentó Meg mientras contemplaba la estancia con aire plácido, sentada con su madre y Jo la tarde del domingo.