Mujercitas
Mujercitas —Me alegro de oÃrte decir eso porque temÃa que la casa te pareciese demasiado triste y pobre después de ver tanta grandeza —dijo la madre, que habÃa observado a su hija con inquietud todo el dÃa; y es que una madre nota antes que nadie los cambios que puedan sufrir sus hijos.
Meg habÃa relatado animadamente sus aventuras y no paraba de decir que lo habÃa pasado en grande. Sin embargo, algo parecÃa empañar su ánimo y, cuando las pequeñas se fueron a dormir, se sentó junto a la chimenea, con la mirada perdida en el fuego, pensativa y sin decir palabra, como si estuviese preocupada por algo. Cuando dieron las nueve y Jo propuso que se fueran a acostar, Meg se levantó de la silla, se sentó en el taburete de Beth, apoyó los codos en las rodillas de su madre y dijo, decidida:
—Mamá, quiero confesar algo.
—Lo suponÃa. ¿De qué se trata, querida?
—¿Quieres que me vaya? —preguntó Jo por ser discreta.
—No, claro que no; ¿acaso no te cuento siempre todo? No querÃa decir nada delante de las niñas, pero necesito contaros las cosas horribles que he hecho en casa de los Moffat.
—Te escuchamos —dijo la señora March con una sonrisa, pero algo preocupada.