Mujercitas

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A la hora del té, intercambiaron impresiones y todas estuvieron de acuerdo en que había sido un día delicioso, aunque se les había hecho más largo de lo habitual. Meg, que había salido de compras por la tarde y regresado con una muselina azul fantástica, descubrió, tras cortar la tela, que no se podía lavar, lo que la contrarió bastante. Jo se había quemado la piel de la nariz mientras remaba en el río y, de tanto leer, ahora le dolía la cabeza. Beth estaba preocupada por el desorden del armario y por lo mucho que le estaba costando aprender tres o cuatro canciones a la vez. Amy, por su parte, lamentaba que el chaparrón le hubiese estropeado el vestido, porque la habían invitado a una fiesta en casa de Katy Brown al día siguiente y ahora, al igual que Flora McFlimsy, no tenía nada que ponerse. Pero todo eso no eran más que nimiedades y las muchachas aseguraron a su madre que el experimento iba estupendamente. Ella sonreía, no decía nada y, con la ayuda de Hannah, hacía el trabajo que ellas habían desatendido para que fuese un lugar acogedor y todo funcionase como era debido. Resultaba desconcertante la situación, incómoda y peculiar, a que estaba dando lugar su voluntad de «descansar y disfrutar». Cada día parecía más largo que el anterior y el tiempo era más inestable que de costumbre, al igual que el carácter de las muchachas, que se sentían inquietas. Satán encontró un terreno abonado para sembrar malentendidos. Meg dejó de coser y, al sobrarle tiempo, se aburrió tanto que empezó a estropear sus vestidos en su afán de renovarlos al estilo Moffat. Jo leía hasta que se le cansaba la vista y empezaba a estar harta de libros; eso le agrió tanto el carácter que ni siquiera el bueno de Laurie pudo evitar discutir con ella, lo que sumió a la joven en un estado de desánimo tan grande que llegó a arrepentirse de no haberse ido con la tía March. Beth lo llevaba mejor porque, de vez en cuando, olvidaba la consigna de «todo juego y nada de trabajo» y retomaba alguna de sus tareas habituales. Sin embargo, el ambiente que se respiraba en la casa acabó por afectarle, su calma se vio perturbada en más de una ocasión, hasta el punto de que un día llegó a zarandear a su querida muñeca Joanna y llamarla «espantajo». Amy lo pasaba peor que ninguna porque contaba con menos recursos propios. Cuando sus hermanas la dejaron a sus anchas y hubo de jugar sola y cuidar de sí misma, descubrió que su propia afectación era una pesada carga. No le gustaban las muñecas, los cuentos de hadas le parecían demasiado infantiles y no podía pasarse el día dibujando, por mucho que le gustara. Las fiestas y los picnics ya no despertaban su interés, a menos que estuvieran muy bien organizados.


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