Mujercitas

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Todas bebieron satisfechas y, para comenzar el experimento, pasaron el resto del día descansando. A la mañana siguiente, Meg no se despertó hasta las diez; desayunar sola no fue de su agrado y el comedor, además de estar vacío, tenía un aspecto descuidado, porque Jo no había llenado los floreros, Beth no había limpiado el polvo y Amy había dejado sus libros esparcidos por doquier. Lo único que seguía pulcro y agradable era el «rincón de Marmee», que conservaba el aspecto de siempre. Meg se sentó allí para leer y descansar aunque, en realidad, se dedicó a bostezar y pensar en los bonitos vestidos que compraría con su sueldo. Jo pasó la mañana con Laurie, en el río, y por la tarde leyó con lágrimas en los ojos Un ancho, ancho mundo, encaramada en el manzano. Beth empezó a ordenar el contenido del armario grande, donde vivía la familia de muñecas, pero pronto se cansó y lo dejó todo manga por hombro para irse a tocar el piano, feliz de no tener que lavar ningún plato. Amy arregló su emparrado, se vistió con su mejor traje blanco y se sentó bajo la madreselva a dibujar, con la esperanza de que alguien la viese y se preguntase quién era aquella joven artista. Como no se acercó nadie, salvo una araña curiosa que examinó con interés su obra, se fue a dar un paseo, le sorprendió un chaparrón y volvió a casa calada hasta los huesos.



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