Mujercitas
Mujercitas Prepararon una bandeja y se la subieron a su madre antes de empezar a desayunar, con los mejores deseos de la cocinera. El té estaba amargo, la tortilla francesa, quemada, y las galletas tenÃan grumos de bicarbonato, pero la señora March agradeció la comida y no rió con ganas hasta que Jo se hubo retirado.
¡Pobrecillas, mucho me temo que van a pasar un mal dÃa! Pero no les hará ningún daño y les vendrá bien, se dijo, y se dispuso a comer unos manjares más apropiados que habÃa preparado ella misma con antelación, después de vaciar los platos del horrendo desayuno. No querÃa herir los sentimientos de sus hijas mostrando su desaprobación.
En la planta de abajo se oyeron muchas quejas y se criticó con dureza a la cocinera.
—No importa, yo prepararé la comida y haré de criada. Tú puedes ser la señora de la casa, mantendrás tus manos cuidadas, vigilarás a los demás y darás instrucciones —dijo Jo, que sabÃa todavÃa menos que Meg de asuntos culinarios.
Meg aceptó agradecida la amable oferta y se retiró a la sala, que medio adecentó escondiendo los papeles bajo el sofá y cerrando las persianas para que no se viese el polvo. Jo, con una gran fe en sus capacidades, y deseosa de borrar los efectos de su discusión, dejó una nota en el buzón para invitar a Laurie a comer.