Mujercitas
Mujercitas —Compra lo que necesites y no me molestes; voy a comer fuera y no me puedo encargar de nada de la casa —explicó la señora March cuando Jo fue a hablar con ella—. Las tareas domésticas no son de mi agrado y he decidido tomarme el dÃa libre para leer, escribir, visitar a amigos y distraerme un poco.
La inusitada visión de su activa madre cómodamente sentada en la mecedora hizo que Jo se sintiera como si se hubiera producido un fenómeno de la naturaleza; de haber habido un eclipse, un terremoto o una erupción volcánica no se habrÃa sentido tan extrañada.
Todo esto es muy raro, se dijo mientras bajaba por las escaleras. Oigo a Beth llorar; eso es señal inequÃvoca de que algo anda mal en la familia. Si Amy la está molestando, la voy a sacudir.
Malhumorada, echó a correr hacia la sala, donde encontró a Beth llorando por su canario Pip, que yacÃa muerto en la jaula, con las patas lastimosamente extendidas como si implorase la comida cuya falta le habÃa provocado la muerte.
—Es culpa mÃa… Me olvidé de él… No tenÃa ni agua ni comida… ¡Oh, Pip! ¡Pip! ¿Cómo he podido ser tan cruel contigo? —se lamentó Beth, que colocó al pobre animal sobre la palma de su mano como si esperase que reviviese.
