Mujercitas
Mujercitas Jo examinó sus ojos entrecerrados, puso un dedo sobre su corazón y, viendo que estaba frío y tieso, meneó la cabeza y ofreció su caja de dominó como ataúd.
—Ponlo en el horno; tal vez con el calor reviva —apuntó Amy, esperanzada.
—Lo he matado de hambre y ahora no pienso cocerlo. Le haré una mortaja y lo enterraré. Jamás volveré a tener pájaros. ¡Oh, mi Pip! No merezco su compañía, soy demasiado mala —murmuró Beth, sentada en el suelo, con el pajarito entre las manos.
—Oficiaremos el funeral esta tarde y asistiremos todas. Vamos, Betty, no llores más. Es una pena, pero esta semana todo ha salido del revés. Pip se ha llevado la peor parte del experimento. Prepara la mortaja y ponlo en mi caja; después de comer le organizaremos un bonito entierro —propuso Jo, sintiéndose como un empleado de pompas fúnebres.
Mientras sus hermanas consolaban a Beth, Jo se dirigió a la cocina, confusa y descorazonada. Se puso un gran delantal y se dispuso a trabajar. Cuando había apilado los platos para lavarlos, recordó que el fuego estaba apagado.
—¡Menudo panorama! —musitó mientras abría la puerta del fogón para remover las cenizas.