Mujercitas
Mujercitas
—Érase una vez un caballero que salió a buscar fortuna por el mundo, pues no poseía nada más que la espada y el escudo. Viajó durante mucho tiempo, casi veintiocho años, y pasó muchas penalidades, hasta que llegó al palacio de un rey, anciano y bondadoso, que había ofrecido una recompensa a quien domase y adiestrase un potro muy rebelde al que tenía en gran estima. El caballero aceptó el reto y fue logrando progresos, lento pero seguro. El potro, aunque caprichoso y salvaje, era gallardo y no tardó en tomar aprecio a su nuevo amo. El caballero lo entrenaba a diario e iba con él a dar una vuelta por la ciudad, momento que aprovechaba para buscar a una bella joven que solo había visto en sueños. Un día, mientras cabalgaba por una calle tranquila, divisó en la ventana de un castillo ruinoso el rostro amado. Encantado, el caballero preguntó quién vivía en el viejo castillo y le contestaron que varias princesas cautivas por culpa de un hechizo y que, para ganar dinero y comprar su libertad, hilaban sin descanso durante todo el día. El caballero deseaba liberarlas, pero era pobre, por lo que se limitó a acudir allí cada día con la esperanza de ver el dulce rostro de su amada a la luz del sol. Al fin, decidió entrar en el castillo y averiguar cómo podía rescatarlas. Fue a la entrada y llamó. La enorme puerta se abrió de par en par y el caballero contempló…