Mujercitas

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—¡Calabazas! —exclamó Laurie enseguida—. «Eso es», dijo la niña, y corrió a buscar doce buenas calabazas en el huerto. Las colocó y los caballeros revivieron de inmediato, le dieron las gracias y se marcharon sin notar el cambio, puesto que había muchas otras personas con calabazas por cabeza en el mundo. El caballero que nos ocupa decidió reunirse con su amada de dulce rostro, y le informaron de que las princesas se habían liberado por sí mismas y todas se habían marchado para casarse, menos una. Al enterarse, el caballero se entusiasmó, montó al potro, que había seguido a su lado en los buenos y malos momentos, y galopó hasta el castillo para averiguar quién permanecía en él. Miró por encima del seto y vio a la reina de su corazón cogiendo flores en el jardín. «¿Me regaláis una rosa?», preguntó. «Tendréis que entrar a por ella, yo no puedo ir hacia vos, no sería correcto», contestó ella, dulce como la miel. El caballero trató de saltar el seto, pero este crecía, era cada vez más alto, para su desesperación. Así pues, se armó de paciencia y comenzó a arrancar las ramas hasta que hizo un hueco por el que asomar la cabeza e implorar: «Por favor, dejadme entrar. ¡Dejadme entrar!». Sin embargo la hermosa princesa pareció no oírle o no entenderle, ya que siguió cogiendo flores y le dejó a solas con su lucha. Frank os contará si logró o no entrar…


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