Mujercitas
Mujercitas —¡Qué delicia! Espero ir a Europa algún dÃa, pero preferirÃa ir a Roma que a Alameda —dijo Amy, que no tenÃa la más remota idea de lo que significaba «alameda» pero no se atrevÃa a preguntarlo.
Frank, que estaba sentado detrás de las niñas escuchando lo que decÃan, apartó la muleta con un gesto de invitación al ver cómo los demás muchachos se divertÃan haciendo gimnasia. Beth, que estaba recogiendo las cartas desperdigadas del juego «Autores», levantó la mirada y dijo con amabilidad pero sin abandonar su habitual timidez:
—Parece cansado; ¿puedo ayudarle en algo?
—Por favor, converse conmigo; me aburro aquà solo, sentado —contestó Frank, que a todas luces no estaba acostumbrado a salir de casa.
Si le hubiese pedido que pronunciase un discurso en latÃn, a la vergonzosa joven no le hubiese parecido una tarea más difÃcil de cumplir pero, como no tenÃa adonde huir, Jo no estaba cerca para escudarse tras ella y el pobre niño parecÃa tan necesitado de compañÃa, resolvió valientemente probar suerte.
—¿De qué quiere hablar? —preguntó juntando con torpeza las cartas y dejando caer la mitad al intentar atarlas.