Mujercitas
Mujercitas —Bueno, podrÃamos charlar sobre crÃquet, remo o caza —apuntó Frank, que aún no se habÃa hecho a la idea de que debÃa renunciar a ciertos entretenimientos.
¡Dios mÃo! ¿Qué voy a hacer? No sé nada de todo eso, pensó Beth. Su nerviosismo era tal que olvidó la cojera del niño y preguntó, con la esperanza de hacerle hablar:
—Yo no he ido nunca de caza, pero supongo que usted es un experto.
—Fui de caza en una ocasión, pero ya no podré volver nunca porque tuve una mala caÃda al saltar una valla alta. Los caballos y las cacerÃas han acabado —explicó Frank con un suspiro que hizo que Beth lamentase haber hablado sin pensar.
—Los ciervos de su paÃs son mucho más bonitos que nuestros búfalos, que son feÃsimos —dijo Beth buscando inspiración en las praderas y felicitándose por haber leÃdo uno de los libros de chicos que tanto gustaban a Jo.
Los búfalos dieron pie a una conversación más satisfactoria y, en su afán por entretener al muchacho, Beth se olvidó de sà misma y no se percató de la sorpresa y alegrÃa con que sus hermanas la observaron conversar animadamente con aquel jovencito que habÃa considerado horrible y del que creÃa que debÃan protegerla.